Estaba todo listo para atender al selecto invitado. El pequeño hotel en la zona precordillerana, con 20 cabañas para turismo aventura, lucía esa impronta ruda y práctica de los campesinos. El comedor era armónico y cálido. Todo bien, excepto el pedido gastronómico del un tanto loco futuro inversionista: él quería carne, pero no cualquiera. El muy cabrón quería ¡de avestruz! Habíamos considerado novillo, cordero, cerdo, gallina, pato, ganso, tórtola, codorniz. También pescado, truchas, capturadas en las primeras horas del día en el riachuelo de montaña. Pero nada de eso quería el futuro socio…¡Avestruz! ¿Pueden ustedes creerlo?
El loco había leído por Internet que por acá había un criadero de avestruces. Y a él se le había antojado que sería una exotiquez pintadísima para referir a sus amigos, cómo, en el culo del mundo, entre mar y cordillera, había saboreado ese plato tan singular como un estofado de avestruz. Nos miramos con cara de difuntos y con un gesto bobalicón nos dijimos que el negocio se nos estaba yendo al mismísimo infierno. De nada valieron las floridas ponderaciones y alabanzas que prodigamos a nuestros productos típicos: que el cordero lechón, que el novillo (alimentado con pastos de valle cordillerano), que el cerdo había crecido comiendo higos y frutas de todo tipo, que el vino de la zona, etc. El maldito loco sólo quería avestruz...¡carne de avestruz!...Y claro que el nuevo rico tenía razón: efectivamente hay un criadero de avestruz acá en la provincia pero está a 120 Km. de donde estábamos ahora. Además.. era de locos comprar todo un avestruz para sacarle un medio kilo de carne, nos dijimos con un increíble humor negro. Lo otro era que no teníamos tiempo para hacer las gestiones. El tipo quería cenar en dos horas…¡Ay, Dios!...¡carne de avestruz!... Nos excusamos con el pretexto de atender cosas muy urgentes y dejamos al estrafalario socio (bueno, aún no lo era: todo dependía de la comida de la noche) con la Blanquita Moreno, una preciosidad local, rubia y bella como un serafín, que había crecido atlética entre esas montañas imposibles. Ella tenía una belleza extraordinaria, ingenua, y atendería a nuestro socio, charlando con él y mostrándole las montañas tan próximas, luciendo un pantaloncillo minúsculo, que resaltaban precisamente las magníficas piernas de nuestra guía. El “socio” miraba y miraba embobado las montañas, ¡pero las montañas de Blanquita Moreno!...los valles y colinas de nuestra sensual guía. Sin duda fue todo un acierto contratar a Blanquita para el trabajo de atenderlo para que se entusiasmara y firmara el contrato. En tanto, recordé que un amigo reportero de un diario electrónico había escrito el reportaje al ya famoso criadero de avestruz, y él seguro que nos contactaba con el dueño de las africanas aves. Nos jugábamos el pellejo y todo nuestro capital en cerrar negocio con el vejete nuevo rico. ¿Por qué nuevo rico?...Se había ganado el Loto: era el único ganador de $ 1.300 millones de pesos (algo así como ¡¡US$ 4,5 millones de dólares!!). Efectivamente, gracias al reportero nos contactamos con el dueño de los avestruces. El muy cabrón se dio cuenta de nuestra ansiedad y el muy maldito Gallegos (de apellido Gallegos, eh) dobló el precio. ¿Qué íbamos a hacer? Al borde del abismo no se anda con remilgos…Le pagaríamos al miserable abusador lo que nos pidiera!!. El otro problemón era cómo trasladar el ave a nuestro rincón cordillerano…¡¡Ay, Diosito!!...El maldito Gallegos dijo que él nos traería el avestruz personalmente, pero el muy perro..¡¡nos cobraría el doble de tarifa!!..¡Sea!, dijimos. Todo sea para agradar al viejujo millonario. Al fin y al cabo después recuperaríamos con creces la inversión. En menos de una hora y media estaría con nosotros el dichoso pajarraco, y asunto resuelto. Nos miramos con alivio y decidimos tomarnos un vaso de vino para calmarnos. Pero la calma se acabó de inmediato cuando sentimos los gritos de Blanquita Moreno, quien con la ropa desordenada y dejando ver bastante de sus albos pechos y parte de su generoso trasero, gritaba que fueran a ayudarla porque algo le pasaba al viejito. Corrimos como galgos, aterrados. Efectivamente, bajo una higuera frondosa, el vejete yacía desmayado (pensamos). Pero para nuestra desgracia, la altura, la pasión y el ardor por Blanquita, quien por lo visto se había excedido en sus atenciones, tenían al viejo muerto con una sonrisa en los labios. Blanquita lloraba. Nosotros, mi hermano y yo ¡que siempre hemos sido muy machos!... no aguantamos más, y nos pusimos a llorar a moco tendido.
Wilfredo Castro.

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