
Fue hasta la cocina y revolvió lentamente la olla con la cuchara de palo. Desde un rincón la observaba la abuela, inmóvil, los ojillos hundidos en las cuencas y una gran verruga cubierta de vellos en el mentón.
La mujer salió un momento a la puerta y miró hacia el camino de de la quebrada observando el grupo de jinetes que aún no se perdía entre los árboles. Sentía crecer la angustia como un puño, retorciéndole la boca del estómago. Luego, dando un suspiro, volvió a entrar secándose las manos en el delantal.
− ¿Quiénes son mamita? - preguntó su hija mayor con timidez. Era una niña larguirucha con la cara llena de pecas.
La mujer se encogió de hombros y continuó sus labores. Todos sus movimientos eran precisos, casi mecánicos: el mantel sobre la mesa, una ojeada a la olla en el fuego, los platos, las cuchillas, la jarra con el agua.
− ¿Quiénes eran esos hombres mamita? - volvió a preguntar la niña.
− Unos hombres, hija...
- ¿Y que querían?
Nuevo encogimiento de hombros.
− Ver a tu papá.
Ayudó a la abuela a trasladarse con dificultad hasta la mesa. Luego almorzaron en silencio. De vez en cuando un par de pollos castellanos entraban a picotear las migas que caían bajo la mesa, mientras afuera el viento levantaba remolinos de polvo junto a la noria. En el interior de la rancha sin embargo hacía un calor insoportable.
− Tengo que decirle al Juancho que mañana saque la cocina para afuera - pensó la mujer.
Este de 1850 había sido uno de los veranos más calurosos que recordaba. Aunque era aún una mujer joven, le faltaban casi todos los dientes delanteros y los pechos le colgaban deformados por la maternidad bajo la blusa de algodón.
Pero en realidad pensaba en el trigo que, ya maduro en el potrero junto a la quebrada, estaba comenzando a desgranarse en las espigas. Si no lo cosechaban cuanto antes se perdería casi todo.
Se levantó a retirar la tetera del fuego e instintivamente miró hacia el camino. Estaba desierto. Volvió a la mesa junto a sus tres hijos y a la abuela que en silencio mascaba interminable la papilla de maíz cocido.
Aún tenía ese puño apretándole el estómago.
Pasó las siguientes horas zurciendo los sacos viejos para el trigo, mientras en el corral jugaban los dos niños más pequeños. Unos metros más allá la niña mayor la observaba en silencio.
− ¿Esos hombres eran amigos del papá? - preguntó la niña al sorprenderla mirando repetidamente hacia el camino donde se habían perdido los jinetes.
− No lo sé hija - dijo ella.
Permanecieron largos minutos trabajando en silencio.
− ¿Mamita?
− ¿Mmmh...?
− Yo se los dije.
− ¿Les dijiste qué?
− Les dije donde fue mi papá.
La aguja paró de coser unos segundos. Los ojos de la niña estaban abiertos, enormes, brillantes. La madre la miró fugazmente. Después la aguja reanudó su labor.
− Mamita... ¿estás enojada conmigo?
La mujer se encogió de hombros.
Al amanecer volvieron. Con ellos traían al Juancho, al compadre Leonardo, a don Evaristo Riquelme, al Pornacer Araya y a otros muchachones que no conocía. Se detuvieron unos minutos en la casa para abrevar los caballos.
− ¡Ahí ta el valiente de su hombre, doña! Lo encontramos escondido como ratón por los cerros - dijo un Sargento de granaderos escupiendo despectivo por un costado de la boca hacia el polvo. Bajo el morrión descolorido y sucio se veía un rostro de mirada torva.
El marido, en medio del grupo de hombres sentados a la sombra del pimiento, bajó la cabeza con tristeza. La mujer lo miró en silencio.
− Ahura lo llevamos pa' que se haga hombre - dijo el sargento.
Después montaron y se perdieron por el camino hacia el norte. En cinco minutos no quedó ni el polvo que los animales habían levantado con sus cascos.
La mujer volvió a sentarse junto a la puerta y tomó la aguja y el cáñamo. Hoy había hecho más calor que nunca y el trigo no se conservaría otro día más en las espigas. Pero la aguja permaneció inmóvil.
Escuchó a la hija mayor moverse a sus espaldas en la puerta. Junto a ella estaban los dos niños pequeños, apretados contra sus piernas, mirando hacia el camino.
− ¿A dónde llevan esos hombres al papá? - preguntó la niña.
La mujer sintió renacer cada vez más fuerte la opresión en el estómago y reptar por el pecho hacia la garganta. Sin embargo se encogió de hombros y respondió con un hilo de voz:
− A la guerra, hija.... los llevan a la guerra.
La aguja comenzó a moverse.
(Mario Banic Illanes / Conceptualimcidad, Sentarse a mirar el Mar y otros cuentos – Octubre 1985)
− ¿Quiénes son mamita? - preguntó su hija mayor con timidez. Era una niña larguirucha con la cara llena de pecas.
La mujer se encogió de hombros y continuó sus labores. Todos sus movimientos eran precisos, casi mecánicos: el mantel sobre la mesa, una ojeada a la olla en el fuego, los platos, las cuchillas, la jarra con el agua.
− ¿Quiénes eran esos hombres mamita? - volvió a preguntar la niña.
− Unos hombres, hija...
- ¿Y que querían?
Nuevo encogimiento de hombros.
− Ver a tu papá.
Ayudó a la abuela a trasladarse con dificultad hasta la mesa. Luego almorzaron en silencio. De vez en cuando un par de pollos castellanos entraban a picotear las migas que caían bajo la mesa, mientras afuera el viento levantaba remolinos de polvo junto a la noria. En el interior de la rancha sin embargo hacía un calor insoportable.
− Tengo que decirle al Juancho que mañana saque la cocina para afuera - pensó la mujer.
Este de 1850 había sido uno de los veranos más calurosos que recordaba. Aunque era aún una mujer joven, le faltaban casi todos los dientes delanteros y los pechos le colgaban deformados por la maternidad bajo la blusa de algodón.
Pero en realidad pensaba en el trigo que, ya maduro en el potrero junto a la quebrada, estaba comenzando a desgranarse en las espigas. Si no lo cosechaban cuanto antes se perdería casi todo.
Se levantó a retirar la tetera del fuego e instintivamente miró hacia el camino. Estaba desierto. Volvió a la mesa junto a sus tres hijos y a la abuela que en silencio mascaba interminable la papilla de maíz cocido.
Aún tenía ese puño apretándole el estómago.
Pasó las siguientes horas zurciendo los sacos viejos para el trigo, mientras en el corral jugaban los dos niños más pequeños. Unos metros más allá la niña mayor la observaba en silencio.
− ¿Esos hombres eran amigos del papá? - preguntó la niña al sorprenderla mirando repetidamente hacia el camino donde se habían perdido los jinetes.
− No lo sé hija - dijo ella.
Permanecieron largos minutos trabajando en silencio.
− ¿Mamita?
− ¿Mmmh...?
− Yo se los dije.
− ¿Les dijiste qué?
− Les dije donde fue mi papá.
La aguja paró de coser unos segundos. Los ojos de la niña estaban abiertos, enormes, brillantes. La madre la miró fugazmente. Después la aguja reanudó su labor.
− Mamita... ¿estás enojada conmigo?
La mujer se encogió de hombros.
Al amanecer volvieron. Con ellos traían al Juancho, al compadre Leonardo, a don Evaristo Riquelme, al Pornacer Araya y a otros muchachones que no conocía. Se detuvieron unos minutos en la casa para abrevar los caballos.
− ¡Ahí ta el valiente de su hombre, doña! Lo encontramos escondido como ratón por los cerros - dijo un Sargento de granaderos escupiendo despectivo por un costado de la boca hacia el polvo. Bajo el morrión descolorido y sucio se veía un rostro de mirada torva.
El marido, en medio del grupo de hombres sentados a la sombra del pimiento, bajó la cabeza con tristeza. La mujer lo miró en silencio.
− Ahura lo llevamos pa' que se haga hombre - dijo el sargento.
Después montaron y se perdieron por el camino hacia el norte. En cinco minutos no quedó ni el polvo que los animales habían levantado con sus cascos.
La mujer volvió a sentarse junto a la puerta y tomó la aguja y el cáñamo. Hoy había hecho más calor que nunca y el trigo no se conservaría otro día más en las espigas. Pero la aguja permaneció inmóvil.
Escuchó a la hija mayor moverse a sus espaldas en la puerta. Junto a ella estaban los dos niños pequeños, apretados contra sus piernas, mirando hacia el camino.
− ¿A dónde llevan esos hombres al papá? - preguntó la niña.
La mujer sintió renacer cada vez más fuerte la opresión en el estómago y reptar por el pecho hacia la garganta. Sin embargo se encogió de hombros y respondió con un hilo de voz:
− A la guerra, hija.... los llevan a la guerra.
La aguja comenzó a moverse.
(Mario Banic Illanes / Conceptualimcidad, Sentarse a mirar el Mar y otros cuentos – Octubre 1985)
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