A menudo reflexiono en que clase de planeta vivimos.
Porque aunque tengamos la suerte de residir en una ciudad pequeña y pacífica como Ovalle, es inevitable contaminarse con lo que ocurre en el resto del mundo.
Recuerdo hace unas semanas al locutor que leía los titulares de un noticiero de televisión.
Era algo así, se los juro:
“Coche bomba da muerte a cincuenta personas en mercado de Bagdad. Cinco de las víctimas son niños”.
“La población de Memphis, Estados Unidos, se prepara para recibir al huracán Rita, el más destructivo que registra la historia del país. Doscientas mil personas evacuadas y doce muertas a su paso por el Caribe”.
“Terremoto en Pakistán deja un saldo de doscientos muertos. Se teme que el número de víctimas pueda aumentar cuando se tenga reportes de aldeas del interior del país devastadas por el sismo y que aún permanecen incomunicadas”.
“Autoridades de salud advierten al país que debe prepararse para una pandemia por la fiebre aviar. Fuentes…”
A estas alturas, la Gorda, mi esposa, ordena imperativa:
- ¡Por favor… ¿porqué no apagas esa cosa?
Yo debería saltar y decir, por decencia profesional, “¡Pero Gorda… si es lo que ocurre en el mundo! No puedes ocultarlo”.
Debo reconocer sin embargo que en verdad dan ganas de empezar a hacer zaping por los canales para ver si en algún punto del planeta ha ocurrido algo positivo, aunque sea una campaña para salvar a una especie de lagartija del desierto de Arizona en riesgo de extinción.
¡Pero no encuentras nada! En las últimas 24 horas en este planeta miserable no ha ocurrido nada que valga la pena destacar en un noticiario de televisión, o en la portada de un periódico.
Lo más inocuo es saber que la Isabella, una modelo chilena que se hizo notar por un fugaz flirteo con un futbolista de la selección que luego la cambió por una vedette argentina, aumentó el volumen de sus senos. “Me ha mejorado no solo la apariencia física, sino además mi autoestima”, confiesa la joven, exhibiendo sonriente sus magníficos implantes.
Ahora podrá competir en igualdad de condiciones con cualquier pechugona venida del otro lado de Los Andes, o de donde sea.
Mi suegra, que es una veterana de campo, recuerda aquellos años cuando en su pueblo no tenía idea de los terremotos que destruían aldeas de Afganistán, de huracanes que devastaban aldeas del Caribe, o de terroristas desquiciados que se inmolaban destruyendo buses escolares en Tel Aviv. Era ignorante, pero feliz.
Hasta que llegó la energía eléctrica, y su esposo, mi suegro tuvo la mala idea de comprar un televisor.
Hoy ella vive consumiendo puñados de tranquilizantes para dormir por las noches, asiste a diario a misas, y cada vez que llego a su casa los fines de semana me recibe diciendo con el rostro demudado por la angustia:
- ¡Por Dios, m’hijo que está malo el mundo, no?
Y hay veces creo que sospecha que nosotros los periodistas tenemos algo que ver en ello.
Es probable. Yo creo que el responsable de esto es aquel tipo retorcido de una escuela de periodismo que inventó eso que no es noticia que un perro muerda a un hombre, pero sí que un hombre muerda a un perro.
Quizás por eso que hay tanto perro suelto en las calles, mordiendo gente sin que a nadie le importe un carajo.
Pero ese es otro cuento.
El cuento de ahora es que el país está dividido en dos clases de personas. Aquellas como la Gorda y mi suegra que, por salud mental, apagan el televisor apenas termina la telenovela. Y esas otras (que son las que financian el cuento y dan rating) que se cambian de canal apenas ven aparecer a un fulano anunciando el caso de la abuelita que cumplió los ciento veinte años, para sintonizar el episodio donde dos bandas de La Legua se enfrentaron a balazos y en el tiroteo falleció una muchacha de 12 años a la que la mamá la había mandado a la esquina a comprar remedios para bajar la fiebre al hijo menor.
¡Por Dios que está malo este mundo, no?
(12-11-05)

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